De tapas en la Plaza Santa Ana: La Moderna
Mal, muy mal empezamos cuando entras un grupo de seis personas a cenar y en el restaurante te piden que te sientes en una mesa apartada con taburetes, a pesar de que el resto del local esté vacío. ¿Sería por la mala catadura de nuestros agentes?. Aquí debería haber finalizado nuestra expedición, mandando a paseo al camarero, pero la templanza y saber estar permitió que nuestros inspectores pudieran descubrir los terribles secretos que aguardaban detrás de la larga carta de especialités de la casa.
Cuando uno pide un surtido de ahumados de 12€ del ala, se espera un platito generoso
con salmón, trucha y demás exquisiteces bañadas en aceite de oliva. Pero no, en La Moderna no se cortan al innovar y ofrecer por el mismo precio un poco de mojama, pechuga de pollo marinada y algo inidentificable con sabor a hígado pero no de cerdo. Al cuestionar al camarero por el contenido y sugerirle que quizá había confundido el plato de ahumados por el de salazón su cara de prepotencia dejaba entrever que eso es lo que entendía la cocina por ahumado.
No todo acaba aquí. Para intentar aliviar la frustación decidimos resarcirnos con algo contundente: butifarra gratinada. Nuestras bocas se hacían agua esperando que una sabrosa butifarra a la parrilla, con todos sus jugos inundando el plato llegase a nuestra mesa. La decepción fue instantanea. En la fuente sacaron media docena de lonchas de chopped con dos tranchetes arrugados tras su paso por el microondas. ¿Cuestión de gustos? ¿Problema de concepto?
Que si, que nuestros agentes no deberían meterse en sitios de giris, pero sinceramente, en la plaza Santa Ana nunca habrá sitios igual de malos, pero al menos no te toman el pelo, y los camareros tienen más amabilidad.
La Moderna: terrible antro al que no dudamos en juzgar como culpable de todo lo que persiguen nuestros agentes de la policía del gourmet.



